sábado 7 de noviembre de 2009
martes 3 de noviembre de 2009
ME GUSTA VIVIR EN UN DEPARTAMENTO
Me gusta vivir en un departamento porque es lo más parecido que conozco a una caja fuerte, y en la Argentina violenta de hoy es mejor dormir blindado. Amo vivir en un departamento porque la losa radiante del living renueva cada invierno mi fe en el calor de hogar. Y porque es la excusa perfecta para no quedar como una descariñada cuando me preguntan por qué no tengo un perro. Me gusta vivir en un departamento porque siento que soy parte de algo, por lo menos de un edificio. Vivo en un departamento y no en una casa por la misma razón por la que compro en un supermercado y no en la tienda de la esquina: prefiero el anonimato de las grandes cadenas a la rutina de saludar a don José o, bueno, al chino Lin, todas las mañanas. Adoro los departamentos porque a pesar de vivir sola estoy acompañada. Mi piso es el techo de los vecinos de abajo. Los siento tan cerca que no es necesario verlos, como a los amigos del Messenger. Ella usa la lavadora por las mañanas, trabaja por las tardes y, a veces, coge por las noches. A él le gustan los deportes y, si juega Argentina y gana en lo que sea –fútbol, tenis, básquet, dominó–, pega un alarido que mueve mi florero azul. Cuando se pelean tomo partido, y si retan al pequeño Valentino me angustio y estoy a punto de bajar a pedir clemencia. Me gusta vivir en un departamento porque creo que es posible disfrutar de la jardinería en macetas. Desde que leí en una revista el paso a paso para convertir el balcón en un jardín florecieron mis lavandas y malvones. Amo vivir en un departamento porque saco la basura cuando quiero y no cuando me lo ordena el camión recolector. Me encantan los departamentos en alturas porque vivir en ellos es un entrenamiento en el arte del vértigo (y de la superstición), al menos en mi caso, que habito un piso trece. Vivir en un departamento es bueno para la salud, sobre todo cada vez que se corta la luz y toca subir por las escaleras. También es una proeza de la optimización del espacio. ¿Quién habría pensado que en un cuadrado de tres por tres entrarían una cama doble, una mesa de luz, una tele y una estantería? Los días de temporal las persianas se golpean contra el vidrio, el viento sopla endemoniado y siento que estoy en medio de una tormenta, a bordo de un buque en altamar. Todo edificio es un terreno fértil para la imaginación, y yo amo el mío porque cada vez que vuelvo de una reunión de consorcio sumo un personaje a mi próxima novela. En la última, descubrí a la viuda del noveno piso. En el ascensor, después de darle el pésame, le comenté que estaba irreconocible. Antes era morocha, ahora rubia; antes rulos, ahora pelo lacio. Entonces se acercó, me tomó el brazo y, entre el piso siete y el nueve, me confesó que los rulos y el pelo oscuro eran cosa de su marido. «A mí nunca me gustaron». Me gusta vivir en un departamento, aunque el mío no aparezca en un tour de ricos y famosos, como el que tienen Antonio Banderas y Melanie Griffith en el Upper West Side, en Manhattan. Vivo en un departamento porque paso buena parte del año viajando y, cuando regreso, los ambientes como cajas de zapatos son funcionales a mi necesidad de recogimiento. Con setenta metros cuadrados me sobra espacio para expandirme. Me gusta vivir en un departamento porque el visor me trae nostalgias de la televisión en blanco y negro. Y porque disfruto el reto diario de evadir las preguntas indiscretas del otro portero, el inquisidor. Y porque tengo una terraza con parrilla para hacer asados. Y porque vivo en Buenos Aires, una ciudad que no tiembla. Vivo en un departamento porque me encanta llegar por las noches y ver la ciudad iluminada por millones de ventanas encendidas. Y porque imagino las historias de los seres urbanos que viven atrás de esas ventanas. Y porque me siento menos extraterrestre cuando a las cuatro de la madrugada apago la luz y descubro que todavía hay vidas despiertas.
Una defensa de Carolina Reymúndez.
jueves 29 de octubre de 2009
A ti…
Hoy sentí la necesidad de escribirte para decirte que estoy bien, y sí, también para decirte que te extraño, eso lo sabes de memoria. Mi enfermedad llamada desamor no tiene cura. Pero ya me acostumbré y ese no es el verdadero motivo de mi misiva.
Tú sabes que mi espíritu es aventurero –aunque no en el amor-, y ahora quiero participarte que me voy del país; sí, por fin lo logré, tú sabes adónde voy y por qué. Tal vez pasado mañana tome el avión –unos días antes del que sería nuestro octavo aniversario-. Sé que no debe sorprenderte, tal vez te sea hasta indiferente, pero eres la única persona que deseaba lo supiera. No estoy huyendo de nadie, no te asustes.
Hace tiempo decidí que era hora de emprender este viaje al que me rehusé todos estos años porque tenía la esperanza que un día volvieras. Me he convencido que eso no sucederá. Tengo que reconocer que has sido claro en eso, no te culpo. Volviendo a mi partida quiero decirte que cuando neve pensaré en ti, cuando regrese la primavera recordaré aquella tarde en la que manché de helado tú camisa azul cielo. No te asustes amor, te prometo que en las noches no llamaré a tú nuevo móvil, ni te importunaré con nuevas cartas para contarte cómo van mis días en el extranjero.
Ya hice las maletas, sólo son dos, en realidad no tengo mucho que llevar, algunos trajes para disfrazarme en los eventos de la socialité –esos que odiamos-, jeans para cuando decida camuflajearme de fotógrafa y algo para el frío intenso de diciembre, ah mi inseparable cámara y el ordenador. Ves, sigo teniendo poco. Estoy feliz, aunque me cuesta expresarlo. Tú sabes que ya no suelo hacerlo y también sabes por qué. Pero bueno no hablemos de ambigüedades.
Sabes… te amo… Sí, soy una cursi -¿te acuerdas cuando me decías que era tú niña?-. Eras tan tierno. Tan mío y yo tuya. Mi amigo. Mi confidente. Vamos adivino que estarás pensando cómo pude enamorarme de mi amigo. Fácil. Cuando te conocí descubrí que eras todo lo que buscaba. Y me perdí en tú mirada por siempre.
Ayer soñé que ibas a despedirme al aeropuerto. Llevabas rosas blancas. Yo te miraba y quería quedarme, pero tenía claro que era una despedida definitiva. Te decía –cielo y sí huimos, y me dejas amarte hasta que amanezca- te quedabas callado y besabas mi frente. Sabía que era un no. Pero sólo fue un sueño, pierde cuidado no te lo pediré.
Ya no te daré más largas, esta en realidad es una carta con el pretexto de mi partida para decirte que te amo, te amo, te amo (como a nadie y como sí al repetirlo tantas veces aminorara tú ausencia). No me reproches por favor, está vez pienso cumplir nuestra promesa y no te lo volveré a decir; me marcho. No te volveré a ver. Eso me lastima. Ya, sé que es lo mejor. Lo sé. Pero tú bien sabes que soy rebelde y mi corazón más; se enamoró de ti hasta las trancas y no encuentra la forma de callar lo que siente. Quiero abrazarte. Quiero besarte. Quiero mirarte a los ojos. Quiero verte por última vez. Ya, no me lo repitas, sé que no debo.
Mi vuelo sale a las nueve de la mañana. Seguro estarás en la oficina resolviendo los pendientes, llamando a algún cliente o tomando café (tú adicción). Y yo estaré pensando que me voy sin ti. Pero es inevitable amor. Nuestros caminos están separados e irreconciliables. Me marcho… corazón, pero parafraseando a Benedetti déjame decirte que no creas mucho en este adiós definitivo, porque estaré presente cuando mires las estrellas, cuando abraces tus sueños y cuando las gotas de lluvia mojen tú espalda.
P.D. Te amo, siempre.
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